Friendly Fires; la deuda está saldada

Después de 8 años, este grupo inglés de dance punk regresó más feroz que antes al teatro Fonda, en Los Ángeles, California

Texto y fotos: Daniel Castro/ Enviado

Son las 2:00 de la mañana y estoy dormido en el estacionamiento de una gasolinera. Han pasado cerca de 2 horas desde que partí de la ciudad de Los Ángeles hacia Tijuana. Por cuestiones laborales he dormido 6 horas en 2 días y en 6 horas más entraré a mi nueva jornada laboral. Aún me falta otra hora para llegar a casa y para estas alturas debería estarme preguntando si las decisiones que he tomado hasta este punto han sido las mejores, pero en realidad, mientras recargo mi cabeza sobre la ventana y me predispongo a dormir aunque sea 15 minutos para poder agarrar fuerza y terminar mi travesía, sólo una cosa pasa por mi mente: que buen concierto acabo de presenciar.

Aún me falta otra hora para llegar a casa y para estas alturas debería estarme preguntando si las decisiones que he tomado hasta este punto han sido las mejores, pero en realidad, mientras recargo mi cabeza sobre la ventana y me predispongo a dormir aunque sea 15 minutos para poder agarrar fuerza y terminar mi travesía, sólo una cosa pasa por mi mente: que buen concierto acabo de presenciar.

Para entender mejor el párrafo anterior, viajaré un poco en el tiempo hacia algunos ayeres mientras estudiaba la Universidad, por ahí del 2008. Recuerdo bien que un amigo me pasó una canción de una banda llamada Friendly Fires; Paris se llamaba (la canción, no mi amigo), este sencillo del disco debut de esta grandiosa banda inglesa sería uno de los inicios del cambio musical en mi vida hacia algo más que no fuera rock y música cristiana (eso último lo dejaremos para otra ocasion).

Friendly Fires no tardó en posicionarse como una de mis bandas favoritas y 3 años después vendría Pala, el disco que para mí, hasta la fecha, se convirtió en una genialidad musical que, aunque no contaba con la fuerza de sencillos como su disco anterior, mostraba una madurez y mezcla de sonidos nuevos. Hawaii Air y Live Those Days Tonight demostraron que la banda había arriesgado mucho en intentar superarse y vaya que lo habían logrado.

Con Pala bajo la manga, se convirtieron en una banda must see para mí. Estaban en mi top de la lista y moría por presenciar un show de ellos. Recuerdo que me la pasaba buscando fechas cercanas, mientras hacía mi ahorro y, de repente, las fechas dejaron de aparecer; un anuncio en facebook dio a conocer la decisión de la banda de separarse por tiempo indefinido para seguir proyectos independientes (entrada de música triste) y, aunque no era una separación definitiva, no podían dar una fecha de cuándo volverían a juntarse. Así, perplejo ante lo que estaba viendo, continué leyendo el anuncio una y otra vez para intentar encontrarle un sentido (fade out a negros).

Fue 7 años después de semejante tragedia, y siendo algo exagerado con lo anterior, que Friendly Fires resurgió de las tinieblas con un par de sencillos y fechas (una de ellas fue el Corona Capital 2018 que hasta hace unas horas odiaba a quienes habían tenido la oportunidad de verlos ahí), que al final llevarían al inevitable anuncio de un nuevo material discográfico en el programa de Annie Mac de la BBC, dato muy recordado porque por estar escuchando el anuncio me encontraba ignorando a mi patrón más de lo usual en el trabajo.

Fluorescent se llamaría el nuevo disco acompañado de un sencillo bajo el título de Silhouettes, que vendría a demostrar que no sólo no habían perdido el estilo sino que parecía que nunca dejaron de sacar música, a pesar de los años.

De regreso al presente

Toda esta historia nos llevó a la noche en el teatro Fonda de Los Ángeles, California, donde después de 8 años Friendly Fires regresó más feroz que antes a los escenarios, sabiendo bien que había una deuda pendiente con un sector de una generación que no tuvo la oportunidad de verlos anteriormente y una nueva generación que está más acostumbrada a los shows coreografiados y llenos de elementos visuales que agrandan la experiencia, pero a veces pueden opacar el área musical; efectivamente era un público muy marcado en diferencia de edades, pero al final éramos un público unido bajo un sólo interés: cobrar el adeudo.

Desde el momento que salieron con Lovesick, el ambiente quedó pautado como una enorme pista de baile donde no importaba nada de lo que pasaba fuera del venue, en ese momento éramos nosotros y 7 músicos que si bien se tomaron 3 minutos de descanso en total durante un show de hora y media (tal vez esté exagerando).

Canciones como Jump in the Pool, White diamonds y Hurting, de sus materiales previos, se mezclaron perfectamente con el nuevo material, como lo fue Can’t wait forever, Offline, Heaven let me in, la genialidad llamada Lack of love y la cereza en el pastel: Kiss of life hicieron que la espera valiera la pena, todo esto mientras Macfarlane no paraba de disculparse por el tiempo que esperamos para verlos sobre un escenario nuevamente.

Hacia el final, con un público visiblemente sudado y cansado, pero sin ganas de detenerse, se despidieron con la promesa de que no pasará tanto tiempo para que regresen, promesa que espero cumplan, no sólo en California, sino en México y otros lugares, porque si bien es cierto que la música nos traslada a otros sitios, también nos lleva a otros tiempos. Y es que, por una noche volví a ser el joven Daniel universitario que anhelaba ver a una de sus bandas favoritas. Tal vez debí haber aprovechado para decirle que estudiará otra cosa pero me encontraba demasiado ocupado bailando, demasiado ocupado siendo feliz.

Así, finalmente despierto de mi power nap para regresar a la carretera; cargué suficiente energía para llegar a casa y descansar unas horas, no importa que al día siguiente tenga una grabación mañanera, no cambiaría esta noche por nada.

Deja un comentario